03 abr 2025

Trump impone un peaje del 25% a vehículos extranjeros

El Día de la Independencia Arancelaria (2 de abril) encareció la compra de coches foráneos en EEUU, un muro proteccionista levantado contra la UE, México y Canadá.

Diego Herranz - Colaborador de Asesores de Pymes externo a Cesce

 

La escalada arancelaria de la Administración Trump ha cogido tintes de guerra comercial con un elevado grado de proteccionismo económico. De entre las últimas medidas que Washington incorporó al Día de la Liberación Arancelaria del 2 de abril, proclamado por el propio Donald Trump, hay una especialmente enfocado al tridente de aliados geoestratégicos de la Casa Blanca que puede alterar -aún más- los lazos diplomáticos con la UE, Canadá y México: la subida al 25% de los aranceles que las industrias automotrices de estos países tendrán que pagar para acceder al mercado estadounidense. Desde Bruselas, Ottawa y México DF han asegurado que no se van a plegar ante las afrentas comerciales de Washington. En estas tres economías sus industrias de automoción son uno de los motores estructurales de su actividad.  

Para sus socios aduaneros y su aliado transatlántico el Día 2 abril, el de la Liberación Arancelaria no es sino un signo de nacionalismo económico y exaltación patriótica. A todos ellos les ha dolido especialmente el peaje del 25% a la importación de vehículos extranjeros y la puesta en liza de los llamados aranceles recíprocos. Trump no oculta que con estos gravámenes busca estimular el dinamismo en el sector automovilístico americano y captar más inversión y poder productivo para su país. Europa y Canadá -más que México que, según estudios como los de S&P está más sometido a riesgos latentes de recesión con el giro arancelario emprendido desde el Despacho Oval- han prometido reaccionar ante lo que consideran una afrenta en toda regla del gobierno republicano. 

La Comisión Europea ha recordado que el arancel promedio de la UE sobre productos made in US es del 0,9%, mientras que las exportaciones europeas a EEUU se enfrentan a gravámenes del 1,4% por término medio. Y aclaran que el agravio que Trump aduce para justificar la medida con el que asegura que el mercado interior exige un arancel del 10% a los vehículos estadounidenses frente al 2,5% que reclama Washington a los coches de fabricación europea olvida de una forma intencionada que EEUU obliga a un pago aduanero del 25% a camiones y furgonetas tipo pickups frente al 10% que requieren los socios comunitarios a los fabricantes estadounidenses. 

Europa y Canadá han manifestado su disposición a negociar, pero no a claudicar, tal y como han resaltado Maros Sefcovic, vicepresidente de la Comisión y responsable de las competencias que los socios han cedido a Bruselas en materia comercial. En líneas con las declaraciones del nuevo primer ministro canadiense, Mark Carney, antiguo gobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra. 

Las cancillerías occidentales también empiezan a mostrar su perplejidad por el alto grado de discrecionalidad y unilateralismo que impregna la Administración Trump en sus reglas tarifarias. En alusión, además, a la imposición de aranceles del 25% a los países que adquieran petróleo de Venezuela mientras Washington prorroga la licencia a la supermajor petrolera estadounidense Chevron para continuar operando en este mercado latinoamericano, eludiendo así la restricción y permitiendo al mismo tiempo un resquicio para que EEUU pueda adquirir crudo venezolano.

“Nada está fuera de la mesa” porque “no nos inclinaremos” ante la Administración Trump, alertó el ministro de Economía alemán, Robert Habeck, en alusión a la postura europea, el socio de la Unión que se verá más perjudicado por la nueva tarifa a la industria de la automoción, si bien el tsunami arancelario afecta de forma expresa a otros países como Japón, con potentes factorías en suelo estadounidense de Toyota, Honda o Mazda; entre otras. De igual modo, China aseguró que tomará contramedidas similares, mientras Carney resumió el fuerte sentimiento general al apuntar que “está claro que EEUU ya no es un socio fiable”.   

Roberto Cominotto, analista de Investigación de Mercados de Julius Baer, precisa que serán las marcas automovilísticas germanas “las más afectadas”, aunque el propio sector estadounidense se verá también “seriamente perjudicado porque depende sobremanera de los suministros de piezas y materiales de sus dos socios norteamericanos”. La tasa del 25% “es superior a lo previsto y, además, Trump enfatizó al anunciarlos que serán 100% permanentes”, además del impacto inflacionista sobre el precio final de los automóviles que se matriculen en EEUU. A todo ello, se unen otra serie de factores “difíciles de cuantificar”, propias de la fluidez con la que ha operado esta industria en sus flujos comerciales entre los tres socios de la USMCA. 

“Las marcas con una base productiva potente en EEUU y flexibilidad para trasladar sus pedidos reducirán su nivel de exposición a los aranceles, mientras que las que tengan un alto poder de fijación de precios trasladarán parte de sus costes arancelarios a los consumidores”, explica.  

Tampoco el objetivo que ha movido a Trump a emprender esta guerra arancelaria -la corrección del déficit comercial estadounidense- en toda regla parece factible de cumplir. A juzgar por los resultados de un estudio del Peterson Institute for International Economics (PIIE), que apunta a lo contrario. Este think tank que asegura velar por la prosperidad y la gobernanza de la economía global ha mostrado un cálculo predictivo en el que precisa que incluso unos aranceles en el 30% “no pueden evitar que los países registren desequilibrios en sus balanzas comerciales” debido a que, al reducir las importaciones, también reducen la oferta de dólares que las financian, lo que, en paralelo, genera un precio final más alto en dólares y encarece las exportaciones americanas. 

Dicho de otro modo, alertan: “las importaciones no se reducen tanto como cabría esperar solo con el arancel, y las exportaciones se contraen en la misma medida, manteniendo el déficit sin cambios”. Sin embargo -precisan- los efectos económicos a largo plazo son aún más negativos. 

“Al proteger a los productores nacionales de la competencia extranjera, un arancel, en última instancia, conduce a una menor innovación empresarial, un aminoramiento de la productividad y una pérdida de poder adquisitivo y del nivel de vida de los hogares.

Pese a ello, Trump está convencido de que ajustará el déficit comercial con la mayor presión de los aranceles: “cuando eres la gallina de los huevos de oro, los aranceles son muy poderosos y van a hacer que nuestro país sea muy rico”, sostuvo, antes de reforzar la tesis de que “el acceso al mercado estadounidense es un privilegio”.

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